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Con aval en comisiones, dictamen contra nepotismo y reelección consecutiva sigue su curso legislativo

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Con el voto a favor de todos los diputados de los partidos políticos, en sesión extraordinaria de las comisiones Unidas de Puntos Constitucionales y de Reforma Política-Electoral, avanzó la reforma que prohíbe el nepotismo electoral y la reelección consecutiva, propuesta de la presidenta Claudia Sheinbaum.

Pese a que los diputados del PAN votaron a favor, exigieron incluir en la discusión las iniciativas que han propuesto para acabar de fondo con el nepotismo político y gubernamental; en tanto, los partidos PRI y MC también exigieron cambios de fondo en la discusión, sobre todo demandaron incluir la no sobre representación en los congresos.

La Cámara de Diputados avaló por unanimidad con 38 votos a favor de la comisión de Puntos Constitucionales y 24 de la Comisión de Reforma Electoral, el dictamen que modifica la ley para prohibir el nepotismo electoral y la reelección consecutiva.

La reforma busca modificar los artículos 55, 59, 82, 115, 116 y 122 de la  Constitución, para establecer que la no reelección aplicará para las personas que hayan obtenido un cargo de elección popular, por lo que no podrán contender para el mismo cargo que están ejerciendo en un periodo inmediato posterior.

La prohibición de reelección de las personas servidoras públicas serían aplicables a partir de los procesos electorales, tanto federales como locales, a celebrarse en 2030.

En cuanto al nepotismo electoral, se propone como un requisito de idoneidad que las personas que busquen participar para un cargo de elección popular no tengan o hayan tenido en los últimos tres años anteriores al día de la elección, un vínculo de matrimonio, concubinato o relación de pareja.

Así como parentesco consanguíneo o civil en la línea recta sin limitación de grado, y en la línea colateral hasta el cuarto grado, o de afinidad hasta el segundo grado, con la persona que ocupa el cargo por el cual participarán. Dichas disposiciones serán aplicables a partir de los procesos electorales, tanto federales como locales, a celebrarse en 2030.

Al inicio de la sesión la diputada Paulina Rubio solicitó ante ambas comisiones considerar dentro del dictamen las iniciativas que el PAN presentó antes de esta reforma la del 2022 y desechada en el 2023, que era sobre el nepotismo, así también la actual presentada el día 16 de octubre de 2024 y que se encuentra alojada en la gaceta parlamentaria, de la misma manera la que presentó el PAN como grupo parlamentario en el mes de febrero de este año firmada por el coordinador Elías Lixa.

Durante las rondas de participación, la diputada Noemí Luna Ayala del PAN reconoció el interés de la jefa del Ejecutivo para erradicar este problema tan grave que aqueja a los tres Poderes de la Unión y a los tres órdenes de gobierno, como es el nepotismo, aunque esta se queda corta.

“Tenemos la oportunidad para hacerlo en serio, porque como lo han dicho ya asociaciones civiles la iniciativa de la presidenta se limita a la sucesión directa en el cargo, pero deja intacta las redes familiares en el poder más que una solución real es una medida discursiva sin impacto realmente en la corrupción”.

Señaló que el PAN propone ampliar el catálogo en donde no pueda postularse a la presidencia de la República ningún pariente directo del presidente en turno hasta que hayan pasado al menos 10 años.

“’Es el reto Andy’ que no permitamos que sean familia las que sigan empoderarse como si esta nación fuera una monarquía y no una democracia”, sostuvo.

En cuanto a Movimiento Ciudadano habló Iraís Reyes, recordó que el voto será a favor de la reforma en lo general, ante la importancia de dignificar la actividad política a través del principio ético de que los cargos no se hereden, para contribuir a restaurar la confianza de la ciudadanía en sus representantes y en la política.

Dijo que la minuta del Senado contraviene la propuesta de la Presidenta y toma como entrada en vigor el 2030, esto luego de que Adán Augusto López y Manuel Velasco, junto al PRI modificaron la propuesta original de la Presidenta para que la ley entrara en vigor en 2027.

“Yo les pregunto compañeros, especialmente de Morena, si están en contra del nepotismo, más allá del discurso, por qué no respaldan la propuesta de la presidenta en sus términos originales para que nos aplique desde ya, desde el 2027”.

La diputada Gabriela Jiménez Godoy, de Morena, advirtió que defenderán la reforma que envió la presidenta y que tras llegar acuerdos con diferentes grupos parlamentarios, no van a regresar el dictamen al Senado, porque no cuentan con los votos y con los números suficientes para que pueda hacerse realidad el cambio, “le digo a la presidenta a Claudia Sheinbaum que la apoyamos que la respaldamos”.

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Justicia

La Fiscalía Anticorrupción: una institución rebasada por sus propias controversias gracias al liderazgo de Abelardo Valenzuela

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La Fiscalía Anticorrupción: una institución rebasada por sus propias controversias gracias al liderazgo de Abelardo Valenzuela

La Fiscalía Anticorrupción de Chihuahua fue creada para vigilar al poder, investigar posibles actos de corrupción y convertirse en una institución capaz de generar confianza. Sin embargo, bajo la gestión de Abelardo Valenzuela Holguín, el organismo ha terminado acumulando más cuestionamientos sobre su independencia que reconocimiento por sus resultados, abriendo una discusión que sigue sin encontrar respuesta: ¿cómo exigir credibilidad cuando la propia institución enfrenta una creciente crisis de confianza?

Cuando Abelardo Valenzuela Holguín fue designado como Fiscal Anticorrupción de Chihuahua, la expectativa era que la institución iniciara una nueva etapa marcada por investigaciones sólidas, autonomía y resultados capaces de fortalecer la confianza ciudadana. Lo que ocurrió fue exactamente lo contrario. Con el paso de los años, la Fiscalía dejó de ocupar los titulares por el combate a la corrupción para convertirse en protagonista de una discusión permanente sobre su propia credibilidad. Hoy, el nombre de Abelardo Valenzuela aparece con la misma frecuencia asociado a cuestionamientos sobre independencia, confrontaciones políticas y controversias institucionales que a los casos que supuestamente debería colocar en el centro del debate público.

El problema no radica únicamente en que existan críticas hacia su gestión. Cualquier servidor público que ocupe un cargo de esa relevancia está obligado a convivir con el escrutinio. Lo verdaderamente preocupante es que, después de más de tres años al frente de la Fiscalía Anticorrupción, la conversación pública siga dominada por las mismas dudas que surgieron desde el día de su nombramiento. Una institución creada para combatir la corrupción no puede darse el lujo de convivir permanentemente con sospechas sobre su propia autonomía, porque cuando la confianza comienza a deteriorarse, también lo hace la legitimidad de cada decisión que toma.

Desde su llegada al cargo en diciembre de 2022, la designación de Valenzuela fue señalada por distintos sectores políticos que cuestionaron tanto el procedimiento como la cercanía que le atribuían con el gobierno estatal. Aunque el nombramiento cumplió con el procedimiento legal correspondiente, la legalidad nunca fue suficiente para disipar las dudas. La independencia de una Fiscalía Anticorrupción no sólo debe existir en los documentos; debe reflejarse en cada decisión, en cada investigación y, sobre todo, en la percepción de una ciudadanía que espera ver una institución capaz de actuar sin compromisos políticos. Esa confianza, lejos de fortalecerse, parece haberse debilitado con el paso del tiempo.

El caso relacionado con el exgobernador Javier Corral terminó por evidenciar la magnitud del problema. La investigación trascendió rápidamente el ámbito jurídico y se transformó en una confrontación política que involucró a autoridades estatales, instancias federales y actores nacionales. Mientras la Fiscalía defendía sus actuaciones, el debate público dejó de centrarse en los elementos del expediente para enfocarse en las verdaderas motivaciones detrás de la actuación institucional. Esa es, probablemente, la derrota más costosa para cualquier fiscal: que la discusión deje de ser sobre la corrupción investigada y pase a ser sobre la credibilidad de quien investiga.

A partir de ese momento, la historia comenzó a repetirse. Disputas competenciales, desacuerdos con autoridades federales y resoluciones judiciales controvertidas alimentaron una percepción de confrontación constante que terminó desgastando aún más la imagen de la Fiscalía. Cada nuevo conflicto fortalecía la impresión de que la institución dedicaba más tiempo a defenderse de los cuestionamientos que a consolidarse como un referente en el combate a la corrupción. En lugar de proyectar certeza, independencia y autoridad moral, la dependencia parecía quedar atrapada en una dinámica donde cada actuación era recibida con suspicacia por una parte importante de la opinión pública.

Ese es quizás el mayor fracaso de la gestión de Abelardo Valenzuela. No necesariamente porque todas las críticas sean ciertas o porque todas las decisiones de la Fiscalía sean incorrectas, sino porque nunca logró construir una narrativa institucional capaz de generar confianza. En política y en procuración de justicia, la percepción importa. Una Fiscalía Anticorrupción puede obtener resoluciones favorables o sostener jurídicamente sus investigaciones, pero si la sociedad deja de creer en su imparcialidad, el daño institucional comienza a ser mucho más profundo que cualquier revés en los tribunales.

Y mientras esa duda siga ocupando el centro de la conversación pública, cada nuevo caso que encabece la institución cargará con el mismo problema de origen: una credibilidad que nunca terminó de consolidarse y una confianza ciudadana que continúa erosionándose.

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Justicia

Abelardo Valenzuela y el fracaso de la confianza institucional: el hombre que llevó a la Fiscalía Anticorrupción al centro de la polémica

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La Fiscalía Anticorrupción de Chihuahua fue creada para cumplir una tarea fundamental: investigar posibles actos de corrupción y convertirse en una institución capaz de fortalecer la confianza ciudadana en el sistema de justicia. Su existencia responde a una demanda social clara: que nadie esté por encima de la ley y que las investigaciones se conduzcan con independencia, imparcialidad y profesionalismo.

Sin embargo, a más de tres años de la llegada de Abelardo Valenzuela Holguín al cargo, la institución enfrenta una realidad incómoda. En lugar de ser reconocida principalmente por sus resultados, se ha convertido en un organismo rodeado por cuestionamientos constantes sobre su autonomía, sus prioridades y la manera en que ejerce sus facultades.

Lo más preocupante es que estas dudas no provienen de un solo sector político ni se limitan a una coyuntura específica. Han acompañado prácticamente toda la gestión del fiscal.

Desde su nombramiento en diciembre de 2022 surgieron críticas relacionadas con el procedimiento de designación, su trayectoria política y la cercanía que distintos actores percibían con el gobierno estatal. Aunque el proceso concluyó conforme a los mecanismos legales previstos, la controversia nunca desapareció. Por el contrario, se convirtió en el punto de partida de una discusión que continúa vigente.

La razón es sencilla: una Fiscalía Anticorrupción no puede conformarse con actuar dentro de la legalidad. También necesita generar confianza.

Y es precisamente ahí donde la gestión de Abelardo Valenzuela parece enfrentar sus mayores dificultades.

Cada vez que la Fiscalía aparece en la agenda pública, el debate suele regresar al mismo lugar. No se discuten únicamente los expedientes o los resultados de las investigaciones. Se cuestionan las motivaciones, las prioridades y la independencia de la institución.

Ese fenómeno se volvió particularmente evidente durante el conflicto relacionado con el exgobernador Javier Corral. Lo que comenzó como un asunto jurídico terminó escalando a una confrontación política y mediática de alcance nacional. La Fiscalía defendió sus actuaciones, mientras sus críticos denunciaban una utilización política de la institución.

Más allá de quién tuviera razón en los tribunales, el daño ya estaba hecho. La discusión pública dejó de centrarse en los hechos y comenzó a enfocarse en la credibilidad de quienes conducían la investigación.

Ese ha sido uno de los principales problemas de la administración de Valenzuela: la incapacidad para evitar que la institución quede atrapada en controversias que terminan debilitando su imagen pública.

Los enfrentamientos con autoridades federales, las disputas competenciales y las constantes críticas de actores políticos han contribuido a construir una percepción de confrontación permanente. En lugar de consolidarse como una autoridad capaz de generar confianza transversal, la Fiscalía aparece con frecuencia inmersa en conflictos que alimentan la polarización.

Y para una institución cuya principal herramienta es la credibilidad, eso representa un riesgo enorme.

Porque cuando la ciudadanía comienza a dudar de la independencia de una fiscalía, cada decisión queda bajo sospecha. Cada investigación es observada desde una lógica política. Cada resolución es interpretada como una victoria o derrota partidista.

Ese escenario resulta particularmente grave en una entidad donde el combate a la corrupción debería constituir una causa compartida por todos los sectores.

Hoy, la principal deuda de la gestión de Abelardo Valenzuela no parece ser jurídica, sino institucional. Después de años al frente de la Fiscalía, continúa existiendo una parte importante de la opinión pública que cuestiona su autonomía y observa con desconfianza el papel que desempeña la institución.

La paradoja es difícil de ignorar. La Fiscalía Anticorrupción fue creada para vigilar al poder y combatir los abusos. Sin embargo, bajo la gestión de Abelardo Valenzuela, ha terminado dedicando una parte importante de su tiempo a responder cuestionamientos sobre sí misma.

Y mientras esas dudas continúen creciendo, el mayor desafío para la institución no será abrir nuevas investigaciones. Será recuperar la confianza que ha ido perdiendo en el camino.

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La Fiscalía Anticorrupción de Chihuahua fue creada para cumplir una tarea fundamental: investigar posibles actos de corrupción y convertirse en una institución capaz de fortalecer la confianza ciudadana en el sistema de justicia. Su existencia responde a una demanda social clara: que nadie esté por encima de la ley y que las investigaciones se conduzcan con independencia, imparcialidad y profesionalismo.

Sin embargo, a más de tres años de la llegada de Abelardo Valenzuela Holguín al cargo, la institución enfrenta una realidad incómoda. En lugar de ser reconocida principalmente por sus resultados, se ha convertido en un organismo rodeado por cuestionamientos constantes sobre su autonomía, sus prioridades y la manera en que ejerce sus facultades.

Lo más preocupante es que estas dudas no provienen de un solo sector político ni se limitan a una coyuntura específica. Han acompañado prácticamente toda la gestión del fiscal.

Desde su nombramiento en diciembre de 2022 surgieron críticas relacionadas con el procedimiento de designación, su trayectoria política y la cercanía que distintos actores percibían con el gobierno estatal. Aunque el proceso concluyó conforme a los mecanismos legales previstos, la controversia nunca desapareció. Por el contrario, se convirtió en el punto de partida de una discusión que continúa vigente.

La razón es sencilla: una Fiscalía Anticorrupción no puede conformarse con actuar dentro de la legalidad. También necesita generar confianza.

Y es precisamente ahí donde la gestión de Abelardo Valenzuela parece enfrentar sus mayores dificultades.

Cada vez que la Fiscalía aparece en la agenda pública, el debate suele regresar al mismo lugar. No se discuten únicamente los expedientes o los resultados de las investigaciones. Se cuestionan las motivaciones, las prioridades y la independencia de la institución.

Ese fenómeno se volvió particularmente evidente durante el conflicto relacionado con el exgobernador Javier Corral. Lo que comenzó como un asunto jurídico terminó escalando a una confrontación política y mediática de alcance nacional. La Fiscalía defendió sus actuaciones, mientras sus críticos denunciaban una utilización política de la institución.

Más allá de quién tuviera razón en los tribunales, el daño ya estaba hecho. La discusión pública dejó de centrarse en los hechos y comenzó a enfocarse en la credibilidad de quienes conducían la investigación.

Ese ha sido uno de los principales problemas de la administración de Valenzuela: la incapacidad para evitar que la institución quede atrapada en controversias que terminan debilitando su imagen pública.

Los enfrentamientos con autoridades federales, las disputas competenciales y las constantes críticas de actores políticos han contribuido a construir una percepción de confrontación permanente. En lugar de consolidarse como una autoridad capaz de generar confianza transversal, la Fiscalía aparece con frecuencia inmersa en conflictos que alimentan la polarización.

Y para una institución cuya principal herramienta es la credibilidad, eso representa un riesgo enorme.

Porque cuando la ciudadanía comienza a dudar de la independencia de una fiscalía, cada decisión queda bajo sospecha. Cada investigación es observada desde una lógica política. Cada resolución es interpretada como una victoria o derrota partidista.

Ese escenario resulta particularmente grave en una entidad donde el combate a la corrupción debería constituir una causa compartida por todos los sectores.

Hoy, la principal deuda de la gestión de Abelardo Valenzuela no parece ser jurídica, sino institucional. Después de años al frente de la Fiscalía, continúa existiendo una parte importante de la opinión pública que cuestiona su autonomía y observa con desconfianza el papel que desempeña la institución.

La paradoja es difícil de ignorar. La Fiscalía Anticorrupción fue creada para vigilar al poder y combatir los abusos. Sin embargo, bajo la gestión de Abelardo Valenzuela, ha terminado dedicando una parte importante de su tiempo a responder cuestionamientos sobre sí misma.

Y mientras esas dudas continúen creciendo, el mayor desafío para la institución no será abrir nuevas investigaciones. Será recuperar la confianza que ha ido perdiendo en el camino.

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