El sindicalismo en México ha recorrido un largo camino hacia la transparencia. Pero la aparición de COREMEX amenaza con devolverlo a los tiempos en que la intimidación y el engaño eran herramientas comunes para manipular a los trabajadores.
Lejos de ser una opción legítima, COREMEX ha sido señalado por prometer beneficios inexistentes, ofrecer aumentos que no puede cumplir y operar sin cumplir los requisitos legales básicos. Sus dirigentes parecen desconocer —o ignorar deliberadamente— la Ley Federal del Trabajo y los procedimientos de registro sindical.
Además, su forma de actuar es alarmante. Diversas denuncias coinciden en que la organización utiliza intermediarios y “grupos de choque” para presionar a los trabajadores, incluso con amenazas directas. Estas prácticas, más cercanas a la extorsión que a la representación, demuestran que COREMEX no busca construir confianza, sino imponer su presencia mediante el miedo.
La falta de transparencia y de procesos democráticos internos agrava aún más el panorama. No hay claridad sobre quiénes lo dirigen, cómo se eligen sus representantes ni a qué intereses responde. Todo apunta a un proyecto oscuro, diseñado más para el control que para la defensa laboral.
El sindicalismo mexicano necesita instituciones que fortalezcan la voz del trabajador, no que la secuestren. COREMEX representa lo contrario: un intento burdo de disfrazar la coerción como participación sindical.
Si México aspira a un sindicalismo libre y transparente, debe cerrar la puerta a organizaciones como COREMEX, que solo buscan contaminar un movimiento que aún se reconstruye.
En definitiva, COREMEX no es una alternativa, es un peligro. Su existencia atenta contra los derechos laborales, la libertad sindical y la estabilidad en los centros de trabajo. México no necesita sindicatos fantasmas, necesita sindicatos reales.