Cuando la Fiscalía Anticorrupción de Chihuahua fue creada, la expectativa era clara: convertirse en una institución capaz de investigar con independencia a cualquier funcionario público, sin importar su nivel de poder político o influencia dentro del gobierno. Su existencia respondía a una exigencia ciudadana cada vez más fuerte: construir mecanismos que permitieran combatir la corrupción desde una posición autónoma, profesional y ajena a intereses partidistas.
Sin embargo, varios años después de su creación, la conversación pública en torno a la Fiscalía parece haberse desplazado de las investigaciones que desarrolla hacia una discusión mucho más incómoda: la credibilidad de la propia institución y de quien la encabeza, Abelardo Valenzuela Holguín.
Desde su llegada al cargo en diciembre de 2022, la gestión del fiscal ha estado acompañada por una serie de controversias que no han dejado de generar debate. Lo que debió representar una oportunidad para fortalecer la confianza ciudadana en el combate a la corrupción terminó convirtiéndose en un periodo marcado por cuestionamientos constantes, confrontaciones políticas y dudas sobre la percepción de independencia del organismo.
La polémica comenzó incluso antes de que Valenzuela asumiera formalmente el cargo. Su designación fue objeto de críticas por parte de legisladores de oposición que cuestionaron el proceso de selección y señalaron que existían condiciones que favorecían su nombramiento. Además, diversos actores políticos expresaron preocupación por su trayectoria y por la cercanía política que percibían entre el futuro fiscal y el grupo gobernante en el estado.
Aunque el nombramiento se concretó mediante los mecanismos legales establecidos, aquellas críticas nunca desaparecieron del todo. Por el contrario, se convirtieron en el punto de partida de una discusión que sigue vigente hasta hoy: ¿puede la Fiscalía Anticorrupción convencer a la ciudadanía de que actúa con absoluta independencia frente al poder político?
La pregunta no es menor. La autonomía constituye el principal activo de cualquier fiscalía especializada. Sin confianza pública, incluso las investigaciones más sólidas enfrentan dificultades para generar legitimidad. Por ello, cuando una institución encargada de investigar posibles actos de corrupción se encuentra constantemente bajo cuestionamiento, el problema trasciende lo jurídico y se convierte en un asunto de credibilidad institucional.
El episodio que llevó esta discusión a una escala nacional fue el relacionado con las investigaciones contra el exgobernador y actual senador Javier Corral. Lo que inicialmente parecía un procedimiento más dentro de las atribuciones de la Fiscalía terminó convirtiéndose en una confrontación abierta entre autoridades estatales y federales.
Las diferencias sobre qué instancia debía conocer determinados expedientes derivaron en una disputa jurídica que alcanzó tribunales federales y colocó a la Fiscalía Anticorrupción de Chihuahua en el centro de la atención nacional. Mientras unos defendían la continuidad de las investigaciones, otros denunciaban motivaciones políticas detrás de los procedimientos.
Más allá de quién tuviera la razón en el ámbito jurídico, el conflicto provocó un desgaste evidente para la imagen institucional de la Fiscalía. La dependencia dejó de ser vista únicamente como un órgano investigador para convertirse en protagonista de una batalla política y mediática que terminó profundizando las dudas existentes sobre su actuación.
A ello se sumaron diversos desacuerdos competenciales, resoluciones judiciales y señalamientos públicos que reforzaron una narrativa de confrontación constante. Aunque la Fiscalía ha sostenido reiteradamente que sus actuaciones se encuentran respaldadas por la ley y que cada procedimiento se desarrolla conforme a sus facultades legales, la percepción pública ha continuado siendo objeto de debate.
La situación se vuelve todavía más compleja debido al contexto político de Chihuahua. En una entidad profundamente polarizada, prácticamente cualquier investigación relevante adquiere una dimensión partidista inmediata. Cada decisión es interpretada desde una lógica política y cada actuación genera reacciones encontradas entre distintos grupos.
Por ello, el principal desafío que enfrenta Abelardo Valenzuela no parece ser únicamente jurídico. Su reto más importante consiste en convencer a una ciudadanía cada vez más escéptica de que la Fiscalía puede actuar con independencia absoluta frente a cualquier interés político.
Hoy, a más de tres años de haber asumido el cargo, la realidad es que la Fiscalía Anticorrupción continúa siendo una de las instituciones más observadas y cuestionadas del estado. Para algunos representa una dependencia sometida a ataques permanentes por investigar asuntos sensibles; para otros, una institución que todavía no logra disipar las dudas sobre su autonomía y credibilidad.
Lo cierto es que mientras esas preguntas permanezcan sin respuesta para una parte importante de la opinión pública, la figura de Abelardo Valenzuela seguirá estando en el centro de la controversia. Y en una institución cuya principal herramienta debería ser la confianza ciudadana, la persistencia de las dudas representa un desafío que ningún discurso oficial puede ignorar.